EL NUEVO NACIMIENTO ¿EN QUÉ CONSISTE?

INTRODUCCIÓN

Pocos asuntos han suscitado mayor dificultad y perplejidad que el de la regeneración o nuevo nacimiento. Muchísimos creyentes, objetos del nuevo nacimiento, ignoran su significado, y están llenos de dudas respecto de si alguna vez han nacido realmente de nuevo. Muchos, si fuesen a expresar sus pensamientos, dirían: «¡Oh, si supiera con certeza que he pasado de muerte a vida; si solamente supiera que he nacido de nuevo, qué feliz sería!».

Día tras día, año tras año se sienten agobiados por las   dudas   y   los   temores.   A   veces   creen,   llenos   de esperanza, que el cambio se ha realizado en ellos; pero pronto  abandonan  tal  pensamiento  creyéndolo  ilusorio. Lo que sucede es que, en vez de basarse en la clara enseñanza de la Palabra de Dios, juzgan el asunto por sus propios sentimientos y experiencia, lo cual los deja inmersos en la incertidumbre y la confusión. Es de temer que las ideas erróneas que prevalecen sobre este tema dependen en gran medida del hecho de predicar el nuevo nacimiento y sus frutos en lugar de Cristo; de colocar el efecto antes que la causa.

EL NUEVO NACIMIENTO

¿EN QUÉ CONSISTE?

INDICE

Introducción……………………………………………………………….4

Capitulo 1

¿Qué es la regeneración?....…………………………………………....5

Capitulo 2

¿Cómo se produce el nuevo nacimiento? ...............................12

Capitulo 3

¿Cuáles son sus resultados?......……………………………….…...22

¿QUÉ ES LA REGENERACIÓN?

Muchos se figuran que es un cambio operado en la vieja naturaleza por el influjo del Espíritu Santo. Se cree que este cambio o mejoría se va
produciendo de forma gradual hasta que la vieja naturaleza quede completamente exterminada. Esta idea involucra dos errores: (a) En cuanto a la verdadera condición de la vieja naturaleza y (b) respecto de la personalidad del Espíritu Santo. En otras palabras, es negar la irremediablemente arruinada naturaleza humana y representar al Espíritu Santo más como una influencia que como una persona.

La Palabra de Dios enseña que el hombre natural se halla en   una   absoluta   e   irremediable   condición  de   ruina.

Veamos las pruebas bíblicas. “Y vio Jehová que la malicia de  los  hombres  era  mucha  en  la  tierra,  y  que  todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo  solamente el  mal”  (Génesis 6:5). Las palabras “todo”, “de continuo'' y “solamente” excluyen toda idea de enmienda   de   la   condición   del   hombre   ante   Dios. Asimismo: “Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Salmo 14:2-3). Aquí de nuevo las expresiones “todos”, “no hay quien” y “no hay ni siquiera uno” excluyen la idea de cualquier tipo de enmienda en lo que toca a la condición del hombre tal como ha sido juzgada en la presencia de Dios. Citamos a Moisés y los Salmos; veamos qué dicen los profetas: “¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana” (Isaías 1:5-6). “Voz que decía: Da voces. Y yo respondí: ¿Qué tengo que decir a voces? Que toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo” (Isaías 40:6). “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Tomemos también algunos textos del Nuevo Testamento: “Pero Jesús mismo no se fiaba   de   ellos,   porque   conocía   a   todos,   y   no   tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Juan 2:24-25). “Lo que es nacido de la carne, carne es” (Juan 3:6). Léase

también Romanos 3:9-19. “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7). “[Estabais] sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios

2:12). Podríamos multiplicar las citas, pero no es necesario. Las mencionadas bastan para probar que la naturaleza humana está totalmente perdida, alejada de Dios, sin fuerza, que el hombre es culpable, malo e inclinado de continuo al mal. ¿Cómo, pues, podría reformarse y menos aún transformarse? “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también,

¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” (Jeremías, 13:23). “Lo torcido no se puede enderezar” (Eclesiastés 1:15). El hecho es que cuanto más detenidamente examinemos la Palabra de Dios, más nos daremos cuenta de que el método divino no consiste en reformar una cosa arruinada, sino en crear algo enteramente nuevo. Y esto es precisamente lo que sucede con la vieja naturaleza del hombre. Dios no se propone mejorarla. La finalidad del Evangelio no es la de mejorar al hombre, como si le pusieran un remiendo en su vestido viejo  y gastado, sino  de proveerle de uno  enteramente nuevo. La ley demandaba la obediencia del hombre, pero éste jamás pudo cumplir. Las ordenanzas no surtieron efecto alguno en él, y Dios fue totalmente excluido. El Evangelio, por el contrario, nos muestra a Cristo magnificando la ley y haciéndola honorable; nos revela a Cristo muriendo en la cruz y clavando allí las ordenanzas que nos eran contrarias; presenta a Cristo levantado de la

Guía-de-Estudio-de-la-Biblia-1 AUDIOLIBRO: EL NUEVO NACIMIENTO  ¿EN QUÉ CONSISTE?

tumba y ocupando su asiento —como vencedor— a la diestra de la Majestad en las alturas, y finalmente declara que todos los que creen en su nombre son participantes de su propia vida de resurrección y son “uno” con el Señor resucitado (léanse cuidadosamente los siguientes pasajes: Juan 20:31; Hechos 13:39; Romanos 6:4-11; Efesios 2:1-6;

3:13-18; Colosenses 2:10-15).

Es de suma importancia tener un conocimiento claro y sólido de este asunto; porque si creemos que el nuevo nacimiento consiste en un cambio operado en la vieja naturaleza de forma paulatina, la consecuencia será que permaneceremos con ansiedad, dudas y temores, tristes y abatidos, hasta comprobar —desilusionados— que la carne   es   siempre   la   carne.   Ninguna   influencia   ni operación del Espíritu Santo pueden jamás hacer que la carne sea espiritual. “Lo que es nacido de la carne, carne es”, y nunca podrá ser otra cosa que “carne” (Juan 3:6). Y “toda  carne  es  como  hierba”,  como  hierba  marchita  (1

Pedro  1:24). La Escritura presenta a la carne no  como

algo que tiene que ser mejorado, sino como algo que Dios considera muerta y que nos insta a “hacer morir” (Romanos 8:13), a subyugarla y negarla en todos sus deseos y obras. Vemos el fin de todo lo que pertenece a la vieja naturaleza en la cruz de Cristo: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24).

No dice aquí que los que son de Cristo, tratan de mejorar

y  reformar  su  carne,  sino  que  la  “han  crucificado”.  Y

¿cómo pueden realizarlo? Por el poder del Espíritu Santo, el cual actúa no sobre la vieja naturaleza sino en la nueva, capacitándolos  para  relegar  al  viejo  hombre  adonde  la cruz lo ha colocado: en el lugar de la muerte.

 

Dios no espera nada de la carne, sino que la considera muerta, y nosotros debemos hacer lo mismo. La ha colocado fuera del alcance de sus ojos, y así debemos mantenerla nosotros. Para Dios la carne no existe, no la reconoce, y nosotros no debemos permitir que se manifieste. Es cierto que está en nosotros, pero Dios nos concede el privilegio de considerarla muerta y de tratarla como tal. Su afirmación concluyente es: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:11). Inmenso alivio para el corazón que ha luchado por años tratando en vano de mejorar su naturaleza. También es un inmenso alivio para la conciencia, que ha estado buscando el fundamento de la paz sobre una reforma gradual de algo que es totalmente irreparable. Por último también  es un  alivio  para toda alma que, por  años, ha buscado   vehementemente   la   santidad,   creyendo   que puede  mejorar  la  carne,  y,  contrariamente,  comprueba que, como siempre, sigue odiando la santidad, pero amando el pecado. Es de inestimable valor e importancia que estas almas comprendan la verdadera naturaleza de la regeneración. Sólo los que han pasado por esta terrible

 

experiencia saben la profunda y amarga decepción que siente una persona que tras años de lucha esperando en vano un cambio en su naturaleza, termina comprobando que la carne es siempre la carne. Pero su angustia y desilusión se convierten en paz y gozo al saber que Dios no espera que aquella mejore, pues la considera muerta, y a nosotros nos ve vivos en Cristo, como una sola cosa con él, habiéndonos hecho aceptos en él para siempre. Una clara y plena comprensión de esta verdad dará lugar a la divina emancipación de la conciencia y a la verdadera elevación de todo el ser moral.

 

Claramente vemos, pues, que la regeneración es un nuevo nacimiento; la comunicación de una nueva vida; la implantación de una nueva naturaleza; la formación de un nuevo hombre. La vieja naturaleza permanece con todas sus características, pero la nueva es introducida también con todas sus cualidades y tendencias. Ella tiene sus propios hábitos, deseos y afectos, pero son espirituales, divinos, del cielo. Sus aspiraciones apuntan siempre hacia arriba, a la fuente celestial de donde ha emanado. Como en la naturaleza el agua busca siempre su propio nivel, así también en la gracia, la nueva naturaleza divina siempre va en busca de su propia fuente. La regeneración es para el alma lo que el nacimiento de Isaac fue para la casa de Abraham (Génesis 21). Ismael siguió siendo Ismael, pero Isaac fue introducido; del mismo modo, la vieja naturaleza sigue siendo la misma, pero la nueva es introducida en la vida del creyente: “Lo que es nacido del Espíritu, espíritu

es”. Participa de la naturaleza de su fuente. Así como el niño participa de la naturaleza de sus padres, el creyente es hecho “participante de la naturaleza divina” (2 Pedro

1:4). “El, de su voluntad, nos hizo nacer” (Santiago 1:18).

En  una  palabra,  la  regeneración  es  solamente  obra  de Dios, desde el principio hasta el fin. Él es quien obra, el hombre es el feliz y privilegiado objeto. No se busca su colaboración en una obra que tendrá que llevar siempre el sello de una sola mano todopoderosa. Dios actuó solo en la creación, solo en la redención y de igual manera solo en la misteriosa y gloriosa obra de la regeneración.

2

¿MO SE PRODUCE EL NUEVO NACIMIENTO?

 

na vez que presentamos varios pasajes de la Palabra que demuestran que la regeneración o nuevo nacimiento no constituye un cambio en la


Unaturaleza caída del hombre, sino que consiste en la comunicación de una nueva naturaleza divina, pasaremos a considerar, dependiendo de la enseñanza del Espíritu Santo, cómo se produce el nuevo nacimiento, cómo la nueva  naturaleza  se  comunica  al  hombre.  Éste  es  un punto de inmensa importancia, puesto que presenta a la Palabra de Dios como el gran instrumento que el Espíritu Santo utiliza para dar vida a los muertos. “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos” (Salmo 33:6), y, por la Palabra, las almas de los muertos son llamadas a la nueva vida.  La  Palabra  de  Dios  es  poderosa  tanto  para  crear

como para regenerar. Ella ha llamado al universo a la existencia;  llama  a  los  pecadores  de  muerte a  vida.  La misma voz que en otro tiempo decía “sea la luz”, es la que en todos los casos debe decir: “Sea la vida”.

 

En el capítulo 3 del evangelio de Juan vemos el encuentro de Jesús con Nicodemo. En él encontramos preciosas instrucciones acerca del modo en que tiene lugar el nuevo nacimiento. Nicodemo ocupaba una posición muy elevada en lo que podríamos denominar el mundo religioso. Era “un  hombre  de  los  fariseos”,  “un  principal  entre  los judíos”, “maestro de Israel”. Difícilmente podría haber ocupado una posición más elevada o influyente. Sin embargo, es evidente que este hombre que gozaba de tan alto  privilegio  se  sentía  intranquilo,  desconcertado.  A pesar de todos sus privilegios religiosos, sentía una incesante inquietud ante algo que ni su fariseísmo ni todo su sistema de judaísmo podían resolver. Es muy probable que no fuese capaz de definir qué es lo que quería. Pero quería algo, pues de lo contrario nunca habría venido a Jesús de noche. Es evidente que el Padre lo estaba atrayendo al Hijo con su irresistible a la vez que delicada mano (Juan 6:44). Y el Padre lo atraía provocando en él un profundo sentimiento de necesidad que nadie podía satisfacer. Es un caso muy común. Unos son atraídos a Jesús mediante un profundo sentimiento de culpa, mientras que otros lo  son por  un profundo sentido  de necesidad. Nicodemo, evidentemente, pertenecía al segundo grupo. La posición que ocupaba excluía toda idea

 

relativa a una conducta inmoral grosera, por lo que, todo indicaría que más que un sentimiento de culpa en su conciencia, lo que había era un gran vacío en su corazón. Pero,  finalmente,  todos  tiene  que  ir  por  igual  a  Jesús: tanto los que tienen mala conciencia como los que tienen un corazón sediento, pues Él solamente puede satisfacer perfectamente a todos. Con su precioso sacrificio, Jesús puede quitar toda mancha de la conciencia y dejarla perfectamente limpia, y con su Persona incomparable puede   llenar   el   más   profundo   vacío   del   corazón, dejándolo plenamente satisfecho.

 

Pero  Nicodemo,  como  muchos otros,  debía  dejar  atrás muchas cosas antes de llegar verdaderamente al conocimiento de Jesús; debía desprenderse de una pesada carga de maquinaria religiosa antes de aprender la divina simplicidad   del   plan   de   salvación   de   Dios.   Debía descender de la cumbre del saber rabínico y de la religión tradicional, y aprender el alfabeto del Evangelio en la escuela de Cristo. Esto era muy humillante para “un hombre de los fariseos”, “un principal entre los judíos”, un “maestro de Israel”. En ninguna cosa el hombre es más tenaz que en cuanto a su religión y a su saber. Y, a oídos de Nicodemo, debe de haber sonado extraño que aquel que había “venido de Dios como maestro” le dijera: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Al ser judío por nacimiento y, por ende, tener derecho a todos los privilegios de un hijo de Abraham, se habrá visto invadido

 

de una extraña perplejidad cuando el Señor le dijo que debía nacer de nuevo para poder ver el reino de Dios. Esto implicaba renunciar a todos sus privilegios y distinciones; descender, de una vez, del escalón mas alto al escalón más bajo.

 

Un  fariseo,  un  maestro,  un  principal,  no  estaba  ni  un ápice más cerca de este reino celestial que el más despreciable de los hijos de los hombres. Esto era muy humillante. Diferente habría sido el caso si Nicodemo hubiese podido llevar consigo todos sus privilegio y distinciones  a  fin  de  ser  acreditado  por  ellos  en  este nuevo reino. Ello le habría asegurado una posición muy superior a la de una ramera o a la de un publicano en el reino de Dios. Pero decirle que debía nacer de nuevo, no le  dejaba  nada  en  qué  gloriarse.  ¡Algo  muy  humillante para un hombre de su posición!

 

“Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?”. Seguramente que no. No tendría mayor valor un segundo nacimiento natural que el primero.  Aunque  un  hombre  natural  entrase  diez  mil veces en el vientre de su madre y nacer, no sería nada más que un hombre natural a fin de cuentas, pues “lo que es nacido de la carne, carne es”. Por más esfuerzos que hagamos, no podemos cambiar la naturaleza ni mejorar la carne. Es imposible convertir la carne en espíritu. Por más alta  estima  que  le  atribuyamos  —el  rango  de  fariseo,

 

principal entre los judíos, maestro de Israel, lo que se quiera—, la carne, no obstante, sigue siendo carne. Si esta verdad  fuese más conocida, centenares cesarían en sus inútiles esfuerzos y obras. La carne no sirve de nada. No es otra cosa que hierba marchita. Sus más piadosos esfuerzos, privilegios y logros religiosos, sus obras de justicia, no son —según afirma la Palabra de Dios— sino “trapos de inmundicia” (Isaías 64:6).

 

Pero es sumamente interesante la respuesta del Señor al “¿cómo?” de Nicodemo: “Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:5-8). Claramente se   nos   enseña   aquí   que   la   regeneración   o   nuevo nacimiento se produce a partir del “agua y del Espíritu”. Toda persona debe nacer de agua y del Espíritu a fin de poder ver el reino de Dios y acceder a los profundos y celestiales misterios de este reino. El mortal dotado de la más aguda visión, no puede ver el reino de Dios, ni ningún ser humano puede jamás penetrar en los profundos secretos de este reino, por más que cuente con la mente más brillante de todos los tiempos. “El hombre natural no percibe las  cosas  que  son del  Espíritu  de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han

 

de discernir espiritualmente”. “El que no naciere de agua

y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”  (1

Corintios 2:14; Juan 3:3).

 

Puede que algunos ignoren lo que significa ser “nacido de agua”. Esta expresión ha suscitado en todo tiempo mucha discusión y controversia; pero solamente comparando Escritura con Escritura podemos determinar el verdadero sentido de tal o cual pasaje. Es una bendición especial que el creyente indocto, el humilde estudiante de la Palabra de Dios, no  necesite desplazarse fuera de las  tapas del santo Libro para interpretar cualquier pasaje contenido en sus páginas.

 

Para entender, pues, qué quiso decir el Señor con la expresión “nacer de agua”, citaremos dos o tres pasajes de la Palabra. En Juan 1:11-13 leemos: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los  que  creen  en  su  nombre,  les  dio  potestad  de  ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. Se deduce de este pasaje que todo aquel que cree en el nombre del Señor Jesucristo es alguien que ha “nacido de nuevo”, que ha “nacido de Dios”. Todos los que por el poder de Dios el Espíritu Santo, creen en Dios el Hijo, son nacidos de Dios el Padre. La fuente del testimonio, su objeto  y  el  poder de recibirlo son todos divinos. La obra completa de la regeneración es divina; por lo tanto, en vez de estar ocupado conmigo mismo, y

 

de preguntar como Nicodemo: «¿Cómo puedo yo nacer de nuevo?», debo sencillamente arrojarme, por la fe, en los brazos de Jesús, y así habré nacido de nuevo. Todos aquellos   que   depositan   su   confianza   en   Cristo   han recibido una nueva vida, han nacido de nuevo.

 

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”. “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna”. “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 5:24; 6:47 y 20:31). Estos pasajes prueban que la única manera en que podemos tener esta nueva vida, vida eterna, es simplemente recibiendo el testimonio respecto de Cristo: todos aquellos que creen este testimonio, tienen esta nueva vida, vida eterna. Notemos que no se trata simplemente de quienes dicen creer, sino de aquellos que realmente creen, según el sentido del término en los pasajes anteriores. Hay poder vivificante en el Cristo que revela la Palabra de Dios, y en la Palabra que revela a Cristo. “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán”. Y, para que la ignorancia no se asombre, y el escepticismo no se mofe ante la idea de que las almas de los muertos puedan oír, añade: “No  os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y  los  que  hicieron  lo  bueno,  saldrán  a  resurrección  de

 

vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5:25, 28, 29). El Señor puede hacer que las almas de los muertos o sus cuerpos oigan su voz vivificante.  Su  poderosa  voz  puede  comunicar  la  vida tanto al cuerpo como al alma. El incrédulo y el escéptico argumentan en contra de esto simplemente porque hacen de su vana mente carnal la medida, la norma de lo «que debe ser», excluyendo así enteramente a Dios. Éste es el colmo de la insensatez.

 

Pero  el  lector  puede  sentirse  dispuesto  a  preguntar:

«¿Qué relación tiene todo esto con el significado de la palabra “agua”?». A lo que respondemos: Tanta como para demostrar que el nuevo nacimiento se produce, como la nueva vida se comunica, por la voz de Cristo, la cual es realmente la Palabra de Dios, como lo leemos en Santiago: “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18). Y también: “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1

Pedro 1:23). En ambos pasajes la Palabra es presentada como el instrumento por el cual se produce el nuevo nacimiento.  Santiago  declara  que  somos  engendrados “por la Palabra de verdad” y Pedro manifiesta que somos “renacidos por la Palabra de Dios”. Es obvio, pues, que el Señor, al hablar de nacer “de agua” representa, bajo esta significativa figura, la Palabra de Dios: figura o símbolo que  “un  maestro  de  Israel”  podía haber  entendido  con sólo estudiar Ezequiel 36:25-27. Hay un hermoso pasaje

 

en la epístola a los Efesios que presenta a la Palabra bajo la figura del agua: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25-26). Y también leemos en la epístola a Tito: “Nos salvó, no por obras  de  justicia  que  nosotros  hubiéramos  hecho,  sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:5-7). De todas estas citas aprendemos que la Palabra de Dios es el gran instrumento del que se sirve el Espíritu Santo para dar vida a las almas de los que han muerto. Esta verdad se confirma, de una manera particularmente interesante, por la conversación que el Señor mantiene con Nicodemo; pues, en vez de responder a su reiterada pregunta de “¿cómo puede hacerse esto?”, el Señor le presenta a este “maestro de Israel” la sencilla lección que enseña la serpiente de bronce; antiguamente, los israelitas mordidos eran sanados con una simple mirada a la serpiente alzada (Números 21:59). Ahora el pecador perdido puede hallar la vida sencillamente al mirar a Jesús por la fe, primero clavado en la cruz, y luego sentado en el trono.

 

Seguramente los israelitas habrán mirado las heridas que les provocaron las dolorosas mordeduras de las serpientes, pero para hallar el remedio solamente debían

 

mirar a la serpiente de bronce. Del mismo modo, al pecador perdido, por agobiada que tuviere su conciencia, no  se  le  dice  que  mire  sus  pecados  para  obtener  el socorro:  una  sola  mirada de  fe  a  Jesús  basta  para  que tenga la vida. El israelita no tuvo que mirar dos veces para ser  sanado;  tampoco  el  pecador  debe  mirar  dos  veces para recibir la vida. No fue la manera de mirar, sino el objeto que miró el israelita lo que lo sanó; tampoco es el modo de contemplar, sino el objeto en el cual el pecador fija la mirada lo que lo salva: “Mirad a mí” —dice el Señor—  “y sed  salvos, todos los términos de  la  tierra” (Isaías 45:22). Esta fue la preciosa lección que Nicodemo debía aprender, y la respuesta a su insistente pregunta respecto al «cómo». Si alguien comienza a razonar acerca del nuevo nacimiento, seguramente quedará confundido; pero si cree en Jesús, nacerá de nuevo. La razón humana nunca podrá comprender el nuevo nacimiento, porque la Palabra de Dios lo produce. Muchos hallan un tropiezo en esto porque se enfocan en el mecanismo o proceso de la regeneración, en vez de someterse a la Palabra regeneradora. Y el resultado es que están desconcertados y confundidos. Se miran a sí mismos, en vez de mirar a Cristo. Y no puede ser de otra manera, pues existe una inseparable conexión  entre el  objeto  que miramos y el efecto  que  tal  mirada  produce.  ¿Qué  habría ganado  un israelita mirando sus heridas? ¡Nada! ¿Qué consiguió al mirar a la serpiente de bronce? Ser sanado. ¿Qué gana el pecador al mirarse a sí mismo? ¡Nada! ¿Qué gana al mirar a Jesús?: “La vida eterna”.

3

¿CUÁLES SON SUS RESULTADOS?

omo tercer y último punto, consideraremos los resultados de la regeneración, punto —huelga decirlo—  de  sumo  interés.  ¿Quién  podrá  jamás


Capreciar debidamente los gloriosos resultados de ser hijos de  Dios?  ¿Quién  podrá  describir  los  afectos  que pertenecen a una relación tan santa y elevada en la que entra el alma al nacer de nuevo? ¿Quién puede explicar satisfactoriamente esa preciosa comunión de la que goza el privilegiado hijo de Dios con su Padre celestial? “Mirad cuál   amor  nos  ha  dado   el  Padre,  para  que   seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero  sabemos  que  cuando  él  se  manifieste,  seremos

semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel  que  tiene  esta  esperanza  en  él,  se  purifica  a  sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:1-3). “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:14-17).

 

Es de suma importancia conocer la diferencia entre vida y paz. La primera es el resultado de nuestra unión con la Persona de Cristo; la última es el resultado de su obra. “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Juan 5:12); pero “justificados, pues, por la fe, tenemos paz” (Romanos 5:1); “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20). En el mismo momento en que una persona recibe en su corazón la simple verdad del Evangelio, se convierte en un hijo de Dios (Juan 1:12); y esta verdad  es la “simiente incorruptible”  de “la naturaleza divina” (1 Pedro 1:23; 2 Pedro 1:4). Muchos ignoran todo lo que implica esta simple aceptación de la verdad del Evangelio. En el ámbito natural, el hijo de un noble  puede  no  ser  consciente  de  sus  derechos, privilegios y demás consecuencias derivadas de su parentesco; y lo mismo puede suceder en la gracia. Pero

 

esto no cambia nada el hecho; puedo no estar plenamente consciente del parentesco y de sus resultados, pero esto no modifica en absoluto mi posición. Existen afectos y vínculos propios de dicha relación, pero debo cultivarlos y permitir que se puedan entrelazar con naturalidad alrededor de su propio objeto, de Aquel que me ha engendrado por la Palabra de verdad (Santiago 1:18). Tengo el privilegio de gozar plenamente de todo el afecto paternal que emana del corazón de Dios, y de corresponder a este amor, por el poder del Espíritu que mora en mí. “Ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:2). El nos hizo así, y ha otorgado este maravilloso y extraordinario privilegio a todo aquel que tenga simple fe en la verdad: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Esta posición no se gana “por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho” o que hayamos podido hacer, sino sencillamente “por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros  abundantemente  por  Jesucristo  nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito  3:5-7).  Somos  llamados  “hijos”  y  hechos “herederos”,  y simplemente por  creer  en la  verdad  del Evangelio, que es “la simiente incorruptible” de Dios.

 

Tomemos el caso del más vil pecador, que hasta el día de hoy   ha   vivido   cometiendo   las   peores   atrocidades.

 

Dejemos que esa persona reciba en su corazón el puro Evangelio de Dios, que crea de todo corazón “que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:4), y, en ese mismo lugar y en ese mismo momento, se convierte en un hijo de Dios; es ahora una persona completamente salvada, perfectamente justificada y aceptada por Dios. Al recibir en su corazón el simple testimonio acerca de Cristo, ha recibido vida nueva. Cristo es “la verdad y la vida”; y, cuando recibimos la verdad, recibimos a Cristo; y cuando recibimos a Cristo, recibimos la vida: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan

3:36). Y ¿cuándo recibe esta vida? Desde el momento en

que  deposita  su  fe  en  Cristo:  “...  para  que  creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31). La verdad acerca de Cristo es la simiente de la vida eterna, y cuando creemos esta verdad, recibimos la vida.

 

Notemos que esto es lo que afirma la Palabra de Dios. Se trata del testimonio divino, no de sentimientos humanos. No recibimos la vida por sentir algo en nosotros, sino creyendo  algo  que  oímos  acerca  de  Cristo;  y  eso  que oímos  se  halla  fundado  en  la  autoridad  de  la  Palabra eterna de Dios, “las sagradas Escrituras”. Conviene entender bien este punto. Muchos esperan ver en ellos las evidencias o pruebas de la vida nueva, en vez de mirar fuera  de  ellos,  al  objeto  que  comunica  dicha  vida.  Es

 

perfectamente cierto que “el que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo” (1 Juan 5:10); pero tengamos en cuenta que se trata del “testimonio” de una vida que es recibida por la fe en el Hijo de Dios, y no por el hecho de fijar la mirada en nosotros mismos. Y cuanto más   fije   la   mirada   en   Cristo,   tanto   más   claro   y satisfactorio será “el testimonio” en mí mismo. Si tomo tal “testimonio” como objeto o centro de mi vida espiritual, viviré sumido en un mar de dudas e incertidumbres. Pero, si hago de Cristo el objeto de mi corazón, el testimonio en mí estará revestido de toda su divina integridad y poder. Es   sumamente   importante   no   tener   ninguna   duda respecto de este punto, debido a la fuerte tendencia de nuestros corazones a buscar dentro de nosotros mismos el fundamento de nuestra paz y satisfacción, en vez de edificarlo sola y exclusivamente sobre Cristo. Cuanto más sencillamente nos aferremos a Cristo, sin mirar  nada a nuestro alrededor, tanto más reposo y felicidad tendremos; pero, no bien apartemos la mirada de él, tanto más turbados e infelices seremos.

 

En una palabra, el lector debe tratar de comprender, con la mayor precisión y fundamento bíblico, la diferencia entre vida y paz. La primera es el resultado de nuestra relación con la Persona de Cristo, mientras que la segunda es el resultado de creer en su obra consumada. A menudo nos encontramos con personas nacidas de nuevo que se sienten tristemente turbadas e intranquilas en cuanto a su  aceptación  por  Dios.  Creen  verdaderamente  en  el

 

nombre del Hijo de Dios y, por consecuencia, tienen la vida; pero, al  no  ver la plena suficiencia de la obra de Cristo para sus pecados, están turbadas en su conciencia y no hallan reposo en su alma.

 

Ilustremos  esta  verdad.  Si  pusiéramos  un  peso  de  50 kilos sobre un muerto, no lo sentiría; por más que aumentemos dicha carga, seguirá sin sentir nada, porque no tiene vida. Pero supongamos por un instante que la recuperase, ¿qué sucedería? Experimentaría una terrible sensación de agobio por el enorme peso. ¿Qué necesitaría entonces para disfrutar plenamente de la vida que ha recibido? Evidentemente que le quiten de encima todo el peso que lo oprime. Lo mismo podemos decir de un pecador que recibe la vida al creer en la Persona del Hijo de   Dios.   Mientras   estaba   en   un   estado   de   muerte espiritual, carecía de sensibilidad espiritual, no tenía la menor noción de que un peso lo oprimía. Pero cuando recibe la vida, recibe asimismo una sensibilidad espiritual que le hace sentir una gran carga sobre su corazón y su conciencia, y no sabe exactamente cómo deshacerse de ella. Todavía no es consciente de todo lo que implica creer en el nombre del Unigénito Hijo de Dios; ni ha visto que Cristo es a la vez su justicia y su vida. Necesita una simple mirada al sacrificio terminado de Cristo, por el cual todos sus pecados fueron sepultados para siempre en las aguas del eterno olvido, y ver que ahora goza de todo el favor de Dios. Esto, y sólo esto, es lo que puede quitar la pesada

 

carga del corazón e infundir el profundo reposo que nada podrá jamás perturbar.

 

Si veo a Dios como Juez y yo me considero un pecador perdido, necesito “la sangre preciosa de Cristo” —“la sangre de su cruz”— (Colosenses 1:20), para ser llevado a su presencia por “el camino de la justicia”. Debemos comprender  plenamente  que  todas  las  demandas  que Dios, el juez justo, tiene sobre mí —pecador culpable—, han sido divinamente satisfechas y eternamente resueltas por “la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro  1:19). Esto trae paz a mi alma; pues, en virtud de esa sangre, Dios puede ser “justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26). En la cruz, Dios fue glorificado en cuanto a mis pecados. Toda la cuestión del pecado ha sido plenamente  resuelta  entre  Dios  y  Cristo,  en  la  más absoluta y terrible soledad del Calvario. En consecuencia, mi  carga  ha  sido  aliviada,  mi  peso  quitado, mis  culpas borradas; puedo respirar tranquilo, tener perfecta paz; no hay literalmente ninguna acusación contra mí. Soy libre, tan libre como la sangre de Jesús puede hacerme. El Juez se ha declarado satisfecho en cuanto al pecado, resucitando de entre los muertos a Aquel que responde por el pecador, y sentándole a la diestra de la Majestad en las alturas.

 

Pero hay otro punto sumamente importante. No sólo me veo como un pecador culpable a quien se le ha abierto el camino de acceso a Dios, Juez justo, sino que veo también

 

que Dios, en cumplimiento de sus eternos consejos de amor electivo, me hizo nacer por la Palabra de verdad, me hizo su hijo, me adoptó como miembro de su familia y me puso en tal relación con él que puedo gozar de su comunión paternal, rodeado de todos los privilegios del divino círculo familiar. Éste, naturalmente, es otro aspecto de la posición y el carácter del creyente. Ya no se trata de presentarse ante Dios con la plena conciencia y seguridad de que toda justa demanda ha sido perfectamente satisfecha. Esto es en sí algo inefablemente precioso para un  corazón  agobiado por  el  peso  del pecado; pero  hay mucho más: el hecho de que Dios es mi Padre y yo soy su hijo. Tiene un corazón de Padre, y puedo contar con su amor en medio de mis debilidades y necesidades. El me ama, no por lo que yo pudiera hacer, sino porque soy su hijo.

 

Miremos a un niño vacilante, objeto de continuo cuidado y solicitud, totalmente incapaz de promover y velar por los intereses de su padre, a quien éste ama tanto que no lo cambiaría por diez mil mundos; pues bien, si esto es así con un padre terrenal, ¿cuánto más podemos esperar de muestro Padre celestial? Nos ama, no por lo que pudiéramos hacer, sino porque somos sus hijos. “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18). Así como no podemos satisfacer las demandas de un Juez justo, tampoco podemos ganarnos un lugar en el corazón del Padre. Todo lo hemos recibido por  pura gracia. El  Padre nos  ha engendrado y el  Juez

 

mismo ha “hallado el rescate” (Job 33:24, VM). Por ambas

cosas, pues, somos deudores de la gracia divina.

 

Pero no olvidemos que si bien somos totalmente incapaces de ganarnos un lugar en el corazón del Padre por nuestros propios esfuerzos, o de satisfacer las demandas  del  Juez  justo,  somos,  no  obstante, responsables de creer  “el  testimonio  que Dios ha dado acerca de su Hijo” (1 Juan 5:9-11). Digo esto por si alguno de mis lectores se atrinchera tras los dogmas de una teología basada sobre una sola parte de la verdad, mientras rehúsa creer el sencillo testimonio de Dios.

 

Hay muchas personas —inteligentes también— que, cuando se los insta a aceptar el Evangelio de la gracia de Dios, están dispuestos a responder: «No puedo creer mientras Dios no me dé poder para hacerlo; y nunca seré investido de dicho poder a menos que sea uno de los elegidos.  Si  pertenezco  al  número  de  los  favorecidos, habré de ser salvo; de lo contrario, no lo podré ser.»

 

El razonamiento de esta escuela teológica no sólo falla por presentar un solo lado de la verdad y omitir el otro, sino que, a partir de la parcialidad de sus argumentos, saca conclusiones equivocadas, a tal punto que termina adoptando la forma de un absurdo y peligroso fatalismo que destruye por completo la responsabilidad del hombre y trae deshonra sobre la administración moral de Dios. Lanza   al   hombre   a   una   desenfrenada   carrera   de insensatez, y hace de Dios el autor de la incredulidad del

 

pecador. Claramente esto añade el insulto al agravio, puesto que, primero, hace a Dios mentiroso, y luego lo acusa de ser la causa de todo ello. Rechaza el amor que Dios ofrece al mundo y lo hace a Él culpable de ese rechazo. Esta perversa y temeraria escuela de pensamiento, como dijimos, se basa  sobre una teología circunscripta a una sola parte de la verdad.

 

Ahora bien, ¿puede alguien imaginar que tan fútil argumento pueda sostenerse un solo instante ante “el rey de los espantos” (Job 18:14), o ante el tribunal de Cristo?

¿Hay acaso alguna alma en las tenebrosas regiones de los

perdidos que piense alguna vez en acusar a Dios de ser el autor de su perdición eterna? ¡De ninguna manera! Solamente en la tierra se arguye de esta manera. Este tipo de argumentos nunca se oyen en el infierno. Cuando los hombres vayan al infierno, sólo se echarán la culpa a sí mismos. En el cielo, alabarán al Cordero. Todos los perdidos habrán  de agradecerse a  sí mismos; mientras que todos los redimidos darán las gracias a Dios. Cuando el   alma   no   arrepentida   haya   cruzado   el   estrecho acueducto del tiempo y desembocado en el infinito mar de la eternidad, comprenderá la profundidad, plenitud y poder de estas palabras del Señor:

 

“¡Cuántas veces quise..., y no quisiste!” (Mateo 23:37).

 

En verdad, la Palabra de Dios enseña claramente tanto la responsabilidad del hombre como la soberanía de Dios. Al hombre   le   resulta   imposible   formular    un   sistema

 

teológico   que   dé   a   cada   verdad   el   lugar   que   le corresponde. Pero él no es llamado a elaborar sistemas, sino a creer el simple testimonio de la Palabra de Dios y a ser salvo por medio de él.

 

Habiendo   dicho   lo   suficiente   como   para   advertir   a aquellos que estén en peligro de caer bajo la influencia de dicha línea de argumentación, pasaré a considerar otro aspecto de los resultados de la regeneración: la disciplina en  la  casa  del  Padre.  Como  hijos  de  Dios,  gozamos  de todos los privilegios de su casa, y, la disciplina de su casa, es, de hecho, uno de los tantos privilegios de esa casa. Dios ejerce su disciplina hacia nosotros sobre la base de las relaciones en las cuales nos ha introducido. Un padre disciplina a sus hijos, justamente porque son suyos. Si veo a un niño ajeno haciendo algo malo, no me incumbe castigarlo. Para hacerlo, debería estar unido a él por los vínculos paternos y conocer los afectos y responsabilidades que entraña tal parentesco. Asimismo, Dios, nuestro Padre, en su abundante gracia y fidelidad, cuida de nosotros a lo largo de todo nuestro camino, y no toleraría nada en nosotros que fuese indigno de Él y que afectara nuestra paz e impidiese sus bendiciones.

 

“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo

 

que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” (Hebreos 12:9-10). La disciplina es, pues, un privilegio positivo, por cuanto constituye una prueba de los cuidados de nuestro Padre, y tiene por objeto nuestra participación en la santidad divina.

 

Pero tengamos siempre en cuenta que la disciplina de la mano de nuestro Padre debe siempre interpretarse a la luz del semblante de nuestro Padre, y que los profundos misterios de su gobierno moral han de contemplarse a través de su tierno amor. Perder esto de vista sería caer seguramente en un espíritu de esclavitud respecto de nosotros mismos y de juicio para con nuestros hermanos, siendo ambas cosas directamente contrarias al espíritu de Cristo. Todos los tratos de nuestro Padre con nosotros, son hechos en perfecto amor; si nos da el pan diario, lo hace con amor, y si deja caer su vara sobre nosotros, también lo hace con amor, porque “Dios es amor”. A menudo sucede que no entendemos las razones de por qué la mano de nuestro Padre actúa de determinada manera hacia nosotros. Nos parece oscuro e inexplicable. La niebla que rodea nuestros espíritus es tan densa y espesa que nos impide ver con claridad la gloriosa luz que dimana del  rostro  de nuestro  Padre  y  su  actitud  hacia nosotros. Atravesamos entonces penosos momentos de prueba; una solemne crisis en la historia del alma. Y al no poder  comprender los profundos secretos del  gobierno divino, corremos grave peligro de perder el sentido del amor    divino.    Mientras    tanto,    Satanás    seguramente

 

desarrollará una actividad febril: arrojará sus más violentos “dardos de fuego”, sembrando la duda y acosándonos con sus diabólicas sugestiones de las cuales tiene la  aljaba llena.  Así pues,  entre  los razonamientos impíos que surgen de dentro de uno mismo, y las horrorosas sugestiones que vienen de afuera, corremos peligro de perder el equilibrio y dejar la preciosa actitud de descansar confiada y sencillamente en el amor divino, cualquiera que sea la forma en que se manifieste el gobierno de Dios.

 

Con respecto a los demás, los efectos también son negativos. ¿Cuántas veces tenemos la costumbre de juzgar erróneamente a nuestros hermanos cuando se hallan visitados de manera especial por la mano de Dios, en mente, cuerpo o circunstancias? ¡Debemos guardarnos de este espíritu! Es un principio enteramente falso creer que toda prueba por la que pasa un hermano se debe siempre a un pecado de su parte. Las experiencias a las que Dios nos somete pueden ser tanto preventivas como correctivas.

 

Citaré un ejemplo: Mi hijo está en la habitación en dulce intimidad conmigo, cuando llega una persona que sé que dirá algunas cosas que no deseo que oiga mi hijo, a quien, sin más explicaciones, ordeno salir de la habitación. Bien; si él no confiase en mí, y se pusiera a pensar el porqué de esto  o  de  aquello,  podría  interpretar  mal  mi  actitud  y poner  en  duda  mi  amor;  pero,  apenas  el  visitante  ha

 

salido, llamo a mi hijo y le explico detalladamente el asunto; entonces, con una renovada experiencia de amor paterno, deja en seguida en el olvido todas las suspicacias generadas durante el mal rato que pasó. Pues bien, así sucede a menudo con nuestros pobres corazones, en lo que respecta a los caminos de Dios con nosotros o con los demás. Razonamos cuando debiéramos descansar confiados; dudamos en vez de depender; la confianza en el   inmutable   amor   de   nuestro   Padre   es   el   mejor correctivo. ¡Confiemos siempre en la plena seguridad de ese   amor   inmutable,   eterno   e   infinito   que   nos   ha levantado de nuestro miserable estado a la categoría de “hijos de Dios”, y que nunca nos fallará ni nos abandonará, hasta que entremos en la eterna e inquebrantable comunión de la casa de nuestro Padre! ¡Quiera Dios que ese amor abunde aún más en nuestros corazones, a fin de que podamos comprender más plenamente el significado y el poder de la regeneración: lo que es, cómo se produce y cuáles son sus resultados, para gloria de su nombre!

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