Carta a Santiago

Carta a Santiago

Introducción

A pesar de su presentación en forma epistolar, la CARTA DE SANTIAGO es una especie de «homilía», que contiene una serie de exhortaciones morales. Su estilo sentencioso se asemeja al de los escritos sapienciales del Antiguo Testamento. Los temas expuestos se van sucediendo de manera bastante libre, a veces por una semejanza verbal o por una antítesis. Estas exhortaciones, destinadas a servir de guía para la vida cristiana, están dirigidas a «las doce tribus de la Dispersión» (1. 1), es decir, a las comunidades judeocristianas diseminadas fuera de Palestina, que constituían el «nuevo Israel». El autor de esta Carta es identificado comúnmente con Santiago, «el hermano del Señor» (Gál. 1. 19) mencionado en Mt. 13. 55; Mc. 6. 3, que presidía la comunidad de Jerusalén y ocupó un lugar relevante en la «asamblea» de los Apóstoles (Hech. 12. 17; 15. 13-21).
Santiago insiste, sobre todo, en la necesidad de probar la autenticidad de la fe por medio de las «obras», haciendo fructificar «la Palabra sembrada» en el corazón de los creyentes (1. 21). A primera vista, parece contradecir las enseñanzas de Pablo sobre la justificación por la fe. Pero la diferencia entre ambos es más aparente que real. En efecto, siempre que Pablo habla de la fe, se refiere a «la fe que obra por medio del amor» (Gál. 5. 6), como una respuesta a la Palabra de Dios que compromete y transforma la vida del creyente. En este sentido, coincide perfectamente con Santiago. En último término, para ambos, la fe que justifica no es la fe «estéril» (2. 20), sino la que «va acompañada de las obras» (2. 17) y se manifiesta en ellas: «De la misma manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin las obras» (2. 26). Por otra parte, cuando Pablo habla de las «obras» se refiere a las observancias de la Ley de Moisés, que los «judaizantes» consideraban necesarias para salvarse (Hech. 15. 1), mientras que Santiago piensa en los cristianos que hacen una profesión meramente verbal y exterior de su fe (1. 22).
Y para el autor de esta Carta, como para Pablo (Rom. 13. 8-10; Gál. 5. 14), «la Ley por excelencia» consiste en el amor al prójimo (2. 8). Por eso, con una vehemencia que recuerda a los grandes profetas de Israel, Santiago denuncia abiertamente las desigualdades y las injusticias sociales (5. 1-6). Su juicio no es menos severo cuando censura a las asambleas cristianas en las que se concede un lugar de privilegio a los ricos y se relega a los pobres. A fin de combatir estas discriminaciones, él se hace eco de la enseñanza de Jesús. «¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino?» (2. 5).
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