Acciones Simbólico-Típicos / Curso de Hermenéutica Bíblica

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Hermeneutica-Bíblica

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Hermenéutica es la ciencia de interpretar correctamente la Biblia usando el método gramático-historico tomando en cuenta el impacto directo del contexto en el cual se dio la Palabra de Dios.  Se sigue la interpretación literal de las palabras sin ignorar las figuras literarias y retóricas, las parábolas, la poesía y la profecía.  Provee las herramientas para ser un buen intérprete de las Escrituras.

 

ACCIONES SIMBÓLICOS – TÍPICAS

Al recibir su comisión divina como profeta, Ezequiel vio un rollo del libro extendido delante de él en ambos lados del cual estaban escritas muchas cosas penosas. Se le ordenó comerse el libró y él obedeció y halló que lo que parecía tan lleno de lamentación y de dolor en su boca era dulce como miel (Ezeq. 2: 8 a 3: 3) . En sustancia se repite la misma cosa es el Apocalipsis (10:2, 8‑11) donde expresamente se añade que el libro que en la boca era dulce como miel tornósele amargo en el estómago. Evidentemente estas cosas tuvieron lugar en visión. El profeta cayó en un trance divino o éxtasis, en el cual le pareció que vio, oyó, obedeció y experimentó los efectos que describe. Fue un asunto simbólico, realizado subjetivamente en un estado de éxtasis. Era un método impresionante para grabar en su alma la convicción de su misión profética y no era difícil entender su significado. El libro contenía los juicios amargos que había que pronunciar contra la “casa de Israel” y el profeta recibió orden de que su estómago lo recibiera y sus intestinos se hinchieran con él (3: 3 ); es decir, debía hacer que la palabra profética, por así decirlo, se convirtiese en parte de sí mismo, recibirla en lo más interna de su ser (v. 10) y allí digerirla. Y aunque a menudo le fuese amargo a su sentido interno, el proceso de la obediencia profética produce una dulce experiencia en el que la realiza. “Es infinitamente dulce y amable ser órgano y vocero del Altísimo”.

Pero en los capítulos cuarto y quinto de Ezequiel, se nos introduce a una serie de cuatro acciones simbólico típicas en las que el profeta aparece no como el vidente sino como el actor. Primeramente se le ordena tomar un ladrillo y trazar en él una representación de Jerusalén sitiada. Tiene también que colocar una plancha de hierro entre sí y la ciudad y dirigir su rostro contra ella como si él fuese el sitiador y hubiese erigido un muro de hierro entre sí y la ciudad sentenciada. Se declaró que esto sería “señal a la casa de Israel” (4.:1‑3) . Es evidente que se quería que la señal fuese externa, efectiva y visible, pues de otra manera, si sólo fuesen cosas imaginadas en la mente del profeta, ¿cómo podían ser señal a Israel? Luego había de dormir sobre su costado izquierdo durante trescientos noventa días y después sobre el derecho cuarenta días, de esa manera llevando simbólicamente la culpa de Israel y Judá cuatrocientos treinta días, cada uno de los cuales denotaría un año de la abyecta condición de Israel. Durante aquel tiempo había de mantener su rostro tornado hacia Jerusalén sitiada y tener su brazo desnudo (comp. Is. 52:10) y Dios puso cuerdas sobre él para que no se moviera de un lado a otro (Ezeq. 44‑8). Como los días de su postración son simbólicos de años, parecería que el número cuatrocientos treinta fue tomado del término de la estancia de Israel en Egipto (Ex. 12:90), habiendo sido los últimos cuarenta años, los que Moisés pasó en el destierro, los más opresivos de todos. Esta cifra, a causa de sus obscuras asociaciones se habría convertido naturalmente en símbolo de humillación y destierro, sin denotar necesariamente un período cronológico de años exactos. Aún más, el profeta recibe orden de prepararse comida con diversos cereales y otros vegetales, algunos agradables y otros no, y juntarlos en una vasija, como si fuese menester usar toda clase de comida asequi­ble y una vasija bastase para toda. Su comida y bebida han de pesarse y medirse, y esto en medidas tan mezquinas como para denotar la escasez más abrumadora. Tam­bién se le ordena cocer su pan en fuego hecho con excrementos humanos, para denotar la manera cómo Israel comería, entre los paganos, pan contaminado pero en vista del asco del profeta ante esta indicación se le permitió usar excremento del ganado. Todo esto tenía por objeto simbolizar la espantosa miseria y angustia que había de sobrevenir a Israel (vs. 9‑17). Una cuarta señal sigue en el capitulo 5:14 y está acompañado (vs. 5‑17) por una interpretación divina. Se ordena al profeta raerse cabello y barba con una navaja afilada y pesar y dividir los innumerables cabellos en tres partes. La tercera parte ha de quemarlos en medio de la ciudad (es decir, la dibujada en el ladrillo) otra tercera parte ha de atacarla con espada y la otra arroparla a los vientos. Estos tres actos se explican corno símbolos de un triple juicio pendiente sobre Jerusalén una parte de cuyos habitantes perecería por el hambre, otra por las armas de guerra y una tercera por dispersión entre las naciones, donde también les seguiría el peligro de la espada.

Se han dado cinco razones para sostener que estas acciones no pudieron haber sido externas y efectivas: (1) El espectáculo de semejante sitio en miniatura no habría hecho más que provocar la burla de los israelitas que lo viesen, pero aunque esto fuese cierto, de ninguna manera demostraría que los actos, a pesar de todo, no se realizaran puesto que aun muchos de los más nobles oráculos de la profecía fueron ridiculizados y escarnecidos por la rebelde casa de Israel. Mientras los actos fuesen posibles y practicables y calculados para hacer una impresión nota­ble, no existe objeción a su ocurrencia literal que no pudiera aducirse con igual fuerza contra la opinión de los que creen que se trató de ideas y no de actos reales.

Pero (2) se sostiene que el permanecer inmóvil, acostado sobre un costado, durante trescientos noventa días,. Era una imposibilidad física, pero el lenguaje del profeta indica con bastante claridad que tal posición no era constante durante las veinticuatro horas del día. El se preparaba su comida y bebida, la pesaba y medía; y debemos suponer que como el ayuno judío, cuando se prolongaba por días, permitía comer de noche, requiriendo la abstinencia durante el día, la larga postración de Ezequiel tenía muchos alivios incidentales. La prohibición de darse vuelta, exigiría, a lo sumo, que durante el largo período no se acostase sobre el lado derecho y durante el de cuarenta nunca se acostara sobre el izquierdo. (3) Fairbairn declara que hubiera sido una imposibilidad moral el comer pan compuesto de materias tan abominables, puesto que habría sido una violación de la ley de Moisés, pero no puede demostrarse que la Ley prohíba, en ninguna parte, los elementos que constituían el pan que se ordenó al profeta que preparara; y aunque lo prohibiera, no se seguiría de ello que Ezequiel no pudiera en esa forma exhibir simbólicamente los juicios penales que iban a caer sobre Israel en los días en que los padres habrían de comerse a sus hijos y los hijos a sus padres (cap. 5:10).

Otra objeción (4) es que entre las fechas dadas en Ezeq. 1:1, 2 y 8:1, no pudo haber cuatrocientos treinta días para ejecutar materialmente estos actos simbólicos Pero entre el quinto día del cuarto mes del quinto año de la cautividad de Joachim (cap. 1:1‑2) y el quinto día del sexto mes del sexto año (cap. 8:1) intervinieron un año y dos meses, o sean cuatrocientos veintisiete días, período no sólo suficientemente aproximado para satisfacer las necesidades del caso sino tan aproximado como para constituir, en sí mismo, una evidencia de la ejecución real de estos actos. Y todo esto podría decirse, después de substraer del período los siete días mencionados en el capítulo 3:15, pero las visiones de los capítulos VIII‑XI, pudieron tener lugar cuando Ezequiel aún permanecía echado de costado. No hay por qué suponer que su cuerpo fue transportado a Jerusalén, puesto que él declara explícitamente que ello aconteció “en visiones de Dios” (cap. 8: 3) . Lo de estar sentado en su casa, rodeados por los ancianos de Israel (8:1) no define, necesariamente, su postura ni la de ellos y la palabra yashab se usa comúnmente en el sentido de permanecer o estar. La larga postración y otros actos simbólicos del sacerdote‑profeta naturalmente atraerían la atención de los ancianos de Judá y los haría detenerse largo tiempo en su presencia; y todo ese tiempo su brazo estaba desnudo y él profetizaba contra Jerusalén (4:7). Nada había en su postura que le impidiera recibir muchas palabras y visiones de Dios durante esos catorce meses. (5) Se ha objetado, además, que le era literalmente imposible quemar la tercera parte de sus cabellos “en medio de la ciudad” (5:2). Pero por la ciudad a que aquí se hace referencia debe entenderse la miniatura dibujada en el ladrillo, consideración que resuelve la objeción.

Por consiguiente, no hay motivos para negar que las acciones simbólicas de Ezequiel que se describen en sus capítulos IV y V, fueran ejecutadas literalmente. Ni es di­fícil concebir la impresión que su ejecución, naturalmente, debió producir sobre la casa de Israel, especialmente sobre los ancianos.

La cuádruple señal denotaba (1) el próximo sitio de Jerusalén, (2) el destierro y la consiguiente postración de Israel y Judá (compar. Is. 50:11; Amos 5:2) que debería ser como otra esclavitud egipcia, (3) la miseria y humillación de este triste período y (4) finalmente, el triple juicio con que debía terminar el sitio, a saber: pestilencia y hambre, la espada y la dispersión entre las naciones.

De todas las acciones simbólicas de los profetas, el ejemplo más difícil y disputado es el Oseas tomando para sí “una mujer fornicaria e hijos de fornicaciones” (Os. 1:2) y la orden que se le da de “amar una mujer amada de su compañero, aunque adúltera” (Os. 3:1) . El gran asunto es: ¿Han de entenderse estos actos como meros símbolos de visión o como hechos reales en la vida externa del profeta? Nadie se aventurará a negar que el lenguaje de Oseas muy naturalmente implica que los acontecimientos fueron reales. Dice claramente que Jehová le ordenó ir y casarse con una adúltera y que él obedeció. Da el nombre de la mujer y el de su padre y dice que ella concibió y le dio un hijo, al cual él llamó Jezreel, y que más tarde, le dio una hija y otro hijo, a quienes también, dirigido por Dios, dio nombres significativos. No existe insinuación alguna de que se tratase de meras visiones del alma o de que estas cosas hubiesen de declararse a Isreal como un mero discurso parabólico. Si el relato de algún acto simbólico que exista es tan explícito como para requerir una interpretación literal, ciertamente éste es uno, pues sus términos son claros, sencillo su lenguaje y su intento general no difícil de comprender.

¿Dónde, pues, están las dificultades con que tropiezan los expositores para su interpretación? Especialmente se hallan en la suposición de que semejante casamiento, ordenado por Dios y realizado por un santo profeta era una imposibilidad moral. Parte de la dificultad, también, ha surgido del mal entendimiento del significado de ciertas alusiones y del objeto de todo el pasaje. Sobre estos malos entendimientos se han basado falsas suposiciones y, naturalmente, han seguido falsas interpretaciones. Así, se ha supuesto que los tres hijos del profeta, Jezreel, Lo‑ruha­mah y Lo‑ammi eran ellos mismos “hijos de fornicaciones” que el profeta debía recibir y que la esposa del profeta continuaba su vida disoluta, después de casarse con él. De todo esto nada hay en el texto. El significado más simple y natural de “una mujer fornicaria e hijos de fornicaciones” (cap. 1: 2) es una mujer notable como ramera y quien, como tal, ha engendrado hijos que siguen su mala vida. Si hubiese sido de otro modo y al profeta se hubiese ordenado tomar una virgen pura, el lenguaje de nuestro texto hubiese estado enteramente fuera de lugar, porque, ¿cómo podría Oseas saber cómo y dónde elegir una virgen que, después de casarse con él, se transformase en ramera? en ninguna parte se insinúa que la esposa del profeta continuase sus malas prácticas después de casada con él.

No se ordenó al profeta Oseas ir y recitar una parábola en oídos del pueblo ni relatarles lo que le había ocurrido en una visión, sino a realizar ciertos actos. El tiempo necesario para su casamiento y para el nacimiento de los tres niños de Gomer no necesitaba ser mayor que aquel en que a Isaías se le ordenó andar desnudo y descalzo, corno una “señal” (Isaías 20:3‑). Los nombres de los tres niños son simbólicos de ciertos propósitos y planes de Dios en sus tratos con la casa de Israel; pero no hay insinuación alguna de que estos niños fuesen, en lo más mínimo, licenciosos. Sus nombres señalan juicios venideros, como pasó con el de Isaías ( Isaías 8: 3) pero esos nombres simbólicos no implican descrédito del carácter de los que los usaban. Por cuanto Gomer no era esposa legítima de nadie, su casamiento con Oseas, por más que fuese notable como ramera y hubiese, así, engendrado “hijos de fornicaciones”, no envolvía ningún quebrantamiento de la ley. La ley respecto al casamiento de un sacerdote (Lev. 21:7‑1 5) que hasta prohibía a éste el casarse con una viuda, no se aplicaba al profeta más que a cualquier otro hombre de Israel. Que un profeta se casase con una ramera y tomase sus hijos juntos con ella era cosa realmente sorprendente y calculada para excitar asombro, y maravilla; pero el excitarlo en la forma más profunda posible era el objeto de todo este asunto. No podemos concebir de qué manera los actos que aquí se registran pudieran haber sido señales y maravillas en Israel (comps. 8:18) o producido impresión alguna, si se hubiese sabido que jamás habían ocurrido. En tal caso habrían sido ridiculizados como una tonta fantasía del profeta o declarados enteramente falsos. Sin embargo, el haber realmente ocurrido, hubiese sido un signo y maravilla demasiado notables para jugar con ellos; pero no es probable que habiendo el pueblo de todo el país fornicado gravemente en su relación espiritual para con Jehová (cap. 1: 2) su sentido moral se escandalizara tanto por estos actos del profeta como muchos críticos modernos se imaginan.

El principal intento y objeto del pasaje puede indicarse en esta forma: Se ordenó a Oseas casarse con una ramera “porque la tierra se ha dado a fornicar, apartándose de Jehová”. De este modo, la mujer adúltera representaría al idólatra Israel, cuyos pecados frecuentemente se representan bajo la figura del adulterio. El casamiento del profeta con una ramera era un símbolo notable de la relación de Jehová para can su pueblo al que se supondría que tuviera la mayor aversión. Sin embargo, de ese pueblo tan culpable de adulterio espiritual Jehová engendrará una simiente santa y los tres nombres simbólicos, Jezreel, Lo‑ruhamah y Lo‑ammi, denotan las severas medidas establecidas en ‘el pasaje mismo mediante las cuales debe realizarse la redención de Israel. El oráculo del capítulo II, por consiguiente, debe entenderse como el acto de Dios apelando a Israel. Se dirige a los “hijos de fornicaciones”, a quienes se llama a pleitear con su madre” (2:2). Consiste en quejas, amenazas y promesas y desde el verso 14 hasta el fin del capítulo indica el proceso mediante el cual Jehová cortejará y se casará con aquella madre de hijos licenciosos, haciendo para ella “el valle de Achor por puerta de esperanza” (v.1 5) y realizando en esa forma su redención. Para dar énfasis a esta maravillosísima profecía y promesa, el casamiento de Oseas con Gomer sirvió de señal en sumo grado impresionante.

El tercer capítulo de Oseas registra otra acción simbólica de este profeta mediante la cual se muestra en otra forma, de qué manera Jehová reformaría y regeneraría los hijos de Israel. Quien fuese adúltera amada por un amigo (v. 1) no se nos dice y es ocioso el conjeturarlo. La suposición de muchos, de que era idéntica con Gomer, armoniza con la forma apocalíptica de repetir profecías simbólicas bajo formas diversas. Pudo así, este profeta, haber repetido el relato del gran acto simbólico de su vida a manera de exhibirlo desde otro punto de vista. Sin embargo, la suposición es innecesaria. En la larga vida y extenso ministerio de Oseas (comp. 1:1) hubo sitio para hechos de esta naturaleza y debemos presumir, muy naturalmente, que en el ínterin, Gomer, su esposa, había fallecido.

Estas acciones de Oseas, pues, de acuerdo con toda regla de sana interpretación histórico‑gramatical, han de entenderse como habiendo ocurrido, efectivamente en la vida del profeta y debe clasificárselas junto con otras acciones que hemos denominado simbólico‑típicas. Tales acciones, como antes lo hemos observado, combinan elementos esenciales, tanto de símbolo como de tipo y sirven para ilustrar, a un tiempo mismo, el parentesco y la diferencia que entre ellos existe. Sirviendo como signos e imágenes visibles de hechos o verdades invisibles, son simbólicos; pero siendo, al mismo tiempo, acciones representativas de un agente inteligente, ejecutadas efectiva y físicamente y señalando especialmente a cosas venideras, son típicas. De aquí la propiedad de designarlas con el nombre compuesto “simbólico‑típico”. Y es digno de notarse que cada ejemplo de tales acciones está acompañado por una explicación de su designio, más o menos detallada.

No habrá impropiedad en calificar de simbólico‑típicos los milagros de nuestro Señor. Ellos eran semeia kai térata, señales y maravillas, y todos ellos, sin excepción, tienen un significado moral y espiritual. La curación del leproso simbolizó el poder de Cristo para sanar el pecador; y así, iodos sus milagros de amor y misericordia llevan el carácter de actos redentores y son típicamente proféticos de lo que está realizando perennemente en su reino de gracia. El calmar la tempestad, el andar sobre la mar y el abrir los ojos del ciego, suministran lecciones sugestivas de la gracia y poder divinos, como lo atestiguan algunos de los himnos más nobles que canta la Iglesia.

Hermenéutica por M. S. Terry

 

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